En un futuro cercano donde América está sumida en una cruenta Guerra Civil, un equipo de periodistas y fotógrafos de guerra emprenderá un trepidante viaje por carretera en dirección a Washington DC. Su misión: llegar antes de que las fuerzas rebeldes asalten la Casa Blanca y arrebaten el control al Presidente de los Estados Unidos.

Lo que propone Alex Garland no es tanto una exposición sobre las razones por las que se desata el conflicto bélico doméstico, sino más bien una ilustración cinematográfica del cómo se desarrolla con los pies muy bien puestos en la tierra.

Un cuadro en el que las lealtades y la racionalidad se han diluido en un mar de comportamientos violentos, carentes de sentido y bajo ninguna óptica como solución positiva a las pugnas de una sociedad.

La narrativa no toma posiciones a modo de declaración política, por que no lo necesita; tal como el periodismo gráfico, solo retrata el encarnizado combate. “No hacemos preguntas. Registramos lo que ocurre, para que otros las hagan”, reza como principio Lee, la fotógrafa interpretada por Kirsten Dunst. Y tiene razón. Más allá de que los personajes tienen un objetivo trazado, es el retrato de lo que ocurre lo que lleva a las reflexiones posteriores sobre los hechos.

¿Cómo es Guerra Civil, la nueva película de Alex Garland?

Así los sucesos que conducen al conflicto en el trasfondo de la historia y su resolución queda al pendiente una vez que concluye el metraje. El mensaje descorazonador, la incertidumbre del caos y el horror de la experiencia es lo que se hereda del visionado de esta producción.

Para el espectador es casi una experiencia con vibra documental. En los momentos más arduos de la batalla, son los recursos técnicos que ocupa Garland los que sin duda elevan la tensión y lo visceral de su proyecto. Decisiones como el cambio de los lentes para las cámaras entre las escenas más estáticas y las de acción, llenan de dinámica las visuales de enfrentamientos. La ausencia de música en una de las instancias más despiadadas de la película, al borde de una fosa común, te revuelve las tripas. Un grito sordo como desahogo ante la pérdida es desgarrador.

Las actuaciones terminan de apuntalar las angustiantes sensaciones que provoca el desarrollo de la trama. La frialdad en la mirada de Dunst, como imbuida en sus propios pensamientos, evidencia el paulatino desmoronamiento de su personaje. La inocencia corrompida por la brutalidad se cristaliza en la interpretación de Cailee Spaeny. La contenida desesperación mezclada con la demandante indolencia de la labor periodística en momentos cruciales se refleja en Wagner Moura.

Todo muy pictórico, extremadamente dramático, sin apologías a la violencia, pero reconociéndola como parte de la vida humana. Esta oda al foto periodismo de guerra quizás no es exactamente lo que se vive en el campo de batalla, tal como lo experimentan fotógrafos como James Nachtwey, pero probablemente se acerca mucho. Y, claro, es testimonio de cómo la imagen por sobre otros formatos sigue reinando en un mundo saturado de información.

Guerra Civil es una película que deja al espectador con la interrogante sobre si acaso es este el escenario al que tanto le tememos; pero que, por las decisiones de poderosos y las reacciones de incendiarios extremistas, tenemos tan cerca. Se trata de una acierto de Garland, mientras en el mundo se siguen articulando conflictos bélicos y presenciamos cómo la radicalización de las ideas se ha apoderado de la rutina vital de las personas. Con ello observamos absortos cómo las democracias tambalean. El horror es real y aquí queda plasmado.